La violencia impacta en la salud física, mental y emocional de los miembros que conforman una familia y no es exclusiva de nuestra entidad, sino que es una situación a nivel mundial, que ha experimentado un crecimiento en las últimas décadas, ya que se trata de un fenómeno epidémico que, al hilo de los retos planteados al varón por los valores democráticos de la sociedad actual y por el nuevo rol de la mujer en la sociedad.
Las víctimas pueden sentirse incapaces de escapar del control de los agresores, al estar sujetas a ellos por la fuerza física, la dependencia emocional, el aislamiento social o distintos tipos de vínculos económicos, legales o sociales, por lo que las terapias se brindan por las tardes a cargo de psicólogos y especialistas.
El maltrato contra la pareja es resultado de un estado emocional intenso, que interactúa con unas actitudes de hostilidad, un repertorio de conductas pobre (déficit de habilidades de comunicación y de solución de problemas) y unos factores precipitantes, como situaciones de estrés, consumo abusivo de alcohol, celos, así como de la percepción de vulnerabilidad de la víctima.
Asimismo un hombre tiende a descargar su ira específicamente en aquella persona que percibe como más vulnerable, que en muchas ocasiones es una mujer, un niño o un anciano y en un entorno, como el familiar en que es más fácil ocultar lo ocurrido.
El tratar a un agresor no significa considerarle no responsable, ni tampoco calificarlo como malo, sino como una persona que merece las medidas punitivas adecuadas, o como enfermo, necesitado entonces de un tratamiento médico o psicológico.
La falta de reconocimiento del problema o la adopción de una actitud soberbia de autosuficiencia, con un aparente dominio de la situación, dificultan la búsqueda de ayuda terapéutica, y es preciso evaluar en el primer contacto con el agresor el nivel de motivación para el cambio, así como su grado de peligrosidad actual, porque la protección de la víctima resulta prioritaria en este contexto.
Por ello, desde una perspectiva preventiva, en la medida en que disminuya el número de hombres violentos contra la pareja, también lo hará la violencia futura; se trata, en definitiva, de interrumpir la cadena de transmisión intergeneracional y el aprendizaje por parte de los hijos.