Muy gratos recuerdos, sobre todo de nuestra infancia, nos trae a la mente este cercano díao de mayo, pues resulta muy agradable ser despertado por el húmedo roce de los delicados labios de mamá.
Quienes hemos tenido esa satisfacción, debemos sabernos dichosos en la vida.
Y es que aún cuando a esas divinas criaturas debemos homenajear todos los días y a toda hora, esta es la fecha escogida para rendirle tributo a la encomendada de darnos la vida.
Aún cuando no todas dignifican ese bello estado de procrear, de educar y ver crecer al fruto de su vientre de la manera más digna, cariñosa y conforme, la inmensa mayoría desandan los senderos de la vida con respeto y ejemplo. El solo hecho de tener en sus vientres durante nueve meses a un ser humano, las hace merecedoras.
Madre es sinónimo de: amor, entrega, pasión, delicadeza, optimismo, dedicación, valor, franqueza, amistad, alegría, comprensión, abnegación y sufrimiento.
En el día a día nos dan pruebas fehacientes de su entrega maternal, hacen hasta lo imposible por satisfacernos en sus disímiles gustos. Sin abandonar sus interminables quehaceres cotidianos, laborales y familiares, ese ser maravilloso se desvive por la paz de sus vástagos, por su bienestar y felicidad.
Muchas cargan el peso del hogar sobre sus hombros, incluida la educación de los pequeños y el cuidado de los ancianos. Sufren dolores inimaginables —los del parto y otros ligados con su sexo—, pero esto no las limita para decidirse a tener descendientes.
Siempre están presentes y dispuestas a aconsejar, aunque casi nunca las escuchamos. Es cierto que su amor hacia nosotros y en ocasiones sus celos, las hacen cometer errores, pero ellas no son perfectas.
Es por eso que este segundo domingo de mayo, donde quiera que estemos debemos profesarles mucho amor y respeto a ese divino ser al cual le debemos la vida. Momento a veces, impostergable para recordar aquel mimo oportuno, o aquel —por qué no— sermón necesario.
Día tristísimo para quienes no cuentan físicamente con su progenitora, o quienes por disímiles razones están lejos de ella. Veinticuatro horas divinas para quienes lo pasan en familia en una jornada consagrada a la felicidad de mamá.
Sirva esta crónica para desearles lo mejor, que en la mayoría de los casos coincide en corresponderles en cariño y tranquilidad, y no solo a la nuestra, también a las abuelas, hermanas, tías, vecinas, compañeras de trabajo, en fin, a todas y cada una de aquellas que han sentido la satisfacción de engendrar una nueva vida. A todas ellas ¡Muchas felicidades!